Por qué el Pueblo Elige sus Cadenas y la Oposición se Extingue

Por qué el Pueblo Elige sus Cadenas y la Oposición se Extingue

Por Melchisedech D. Angulo Torres/ Politólogo 

​La historia del pensamiento político ha intentado descifrar un enigma que hoy, bajo el gobierno actual, cobra una vigencia definitiva: ¿por qué los ciudadanos luchan por su servidumbre como si se tratara de su salvación? Desde que Étienne de La Boétie planteó en el siglo XVI que el tirano solo tiene el poder que el pueblo le otorga, la filosofía ha buscado entender esa "voluntad de obedecer". Hoy, mientras los sectores conservadores tildan de "autoritarismo" al apoyo popular masivo, la realidad es más profunda: no hay imposición, sino una identificación plena entre el proyecto de Estado y el deseo colectivo que la oposición, en su miopía aristocrática, es incapaz de comprender. 

​Baruch Spinoza, años después de La Boétie, nos enseñó que los seres humanos no son seres puramente racionales, sino sujetos movidos por afectos. La tristeza, el miedo y la esperanza son los motores de la política. Durante décadas, el viejo régimen gobernó a través del miedo, hundiendo a la multitud en una servidumbre afectiva que paralizaba el cambio. Sin embargo, el fenómeno contemporáneo que presenciamos es la transición hacia una "esperanza activa". Cuando el pueblo se reconoce en su gobernante, el concepto de "obediencia" se transforma en "colaboración", desarmando el argumento opositor de que el apoyo al gobierno es una forma de ceguera o fanatismo.

​La crítica académica, desde Deleuze hasta Antonio Negri, ha insistido en que la verdadera potencia reside en la multitud y no en las instituciones rígidas. Lo que los detractores oficiales llaman "populismo" es, en rigor, la construcción de una hegemonía que Gramsci definió como la dirección moral e intelectual de la sociedad. Al recuperar la soberanía sobre los recursos y el destino nacional, el Estado no está oprimiendo al individuo; está liberando la potencia colectiva que fue secuestrada por intereses privados. La servidumbre voluntaria termina donde empieza la conciencia de clase y el orgullo de pertenencia a un proyecto histórico.

​Es comprensible que las élites desplazadas recurran a autores como Foucault para hablar de "vigilancia y castigo", intentando pintar una realidad de control panóptico donde solo hay orden democrático. Sin embargo, se olvidan de que el propio Foucault entendía que donde hay poder, hay resistencia. El hecho de que la resistencia hoy sea mínima contra el gobierno, pero máxima contra las estructuras del viejo neoliberalismo, demuestra que el contrato social se ha renovado. El pueblo no sirve a un hombre; se sirve a sí mismo a través de una estructura que finalmente le responde, rompiendo el ciclo de la dominación externa.

​Incluso Byung-Chul Han advierte sobre la "sociedad del cansancio", donde el individuo se explota a sí mismo creyéndose libre. La genialidad del momento actual radica en haber identificado esa falsa libertad del mercado para sustituirla por una libertad real, basada en la seguridad social y el bienestar común. Quienes hoy claman por la "libertad" desde sus privilegios, en realidad añoran la libertad de seguir sometiendo a la mayoría. La verdadera pregunta ya no es por qué obedecemos, sino cómo logramos, por fin, que el aparato del Estado sea la herramienta de nuestra propia voluntad y no el látigo de una minoría rapaz.

@_Melchisedech

 

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