Marruecos "abre la mano" y Rusia aplaude: así se fraguó el asalto migratorio a Ceuta
A finales de julio, decenas de miles de personas cruzaron la frontera de Fnideq hacia Ceuta en cuestión de horas, en la mayor oleada migratoria que ha vivido la ciudad autónoma. Las cifras oficiales españolas hablan de unas 50.000 personas, mientras que fuentes locales y medios afines a Moscú, como TASS, elevaron el número hasta 72.000. Detrás de la avalancha humana, con un saldo de fallecidos que va de los 75 confirmados por España a los 141 que denuncia la organización Caminando Fronteras, se esconde algo más que una tragedia humanitaria.
El propio portavoz del Ministerio del Interior marroquí, Rachid El Khalfi, admitió que se trató de "una acción organizada" y no de un movimiento espontáneo. Los servicios de inteligencia españoles, citados por El País, concluyeron que Rabat no provocó la crisis pero tampoco hizo nada por frenarla, "despejando el camino" a los migrantes. La lectura política es evidente: Marruecos, envalentonado tras el respaldo de Washington a su soberanía sobre el Sáhara Occidental, volvió a usar la presión migratoria como moneda de cambio para reactivar sus reclamaciones sobre Ceuta y Melilla, tal como ya hizo en 2021.
El gobierno de Pedro Sánchez respondió desplegando más de 3.000 efectivos y calificando lo ocurrido como una "violación de la integridad territorial" española. El centro de acogida CETI, con capacidad para apenas 512 personas, colapsó de inmediato, dejando a cientos de recién llegados a la intemperie. Para el 4 de agosto, la mayoría —70.000 de los 72.000 que habían cruzado— ya había regresado a Marruecos, en un reflujo casi tan abrupto como la entrada.
Mientras España gestionaba la emergencia, Moscú no perdió la oportunidad de señalar las fisuras europeas. El viceministro de Exteriores ruso, Alexander Grushko, calificó el episodio como prueba del "colapso de la política migratoria de la UE", y medios como Sputnik y TASS amplificaron cada detalle del desborde en Ceuta como munición contra Bruselas. No es casual: buques rusos llevan años haciendo escala en el Estrecho, y analistas próximos al Kremlin, llegan a especular con una coordinación entre Washington, Londres, Tel Aviv y Rabat para disputar el control de Ceuta y Melilla, una hipótesis que ningún gobierno confirma pero que alimenta el relato de una Europa asediada por todos los flancos.
La crisis reabrió además la discusión sobre el propio espacio Schengen: Finlandia llegó a proponer la exclusión temporal de España, mientras Italia y Alemania presionaban a Madrid para blindar su frontera sur. En paralelo, el ministro danés de Inmigración aseguró que en Bruselas se presentó documentación sobre una posible implicación rusa en la orquestación de la crisis, en un paralelismo directo con lo ocurrido en la frontera entre Bielorrusia y Polonia en 2021. Moscú, por supuesto, lo niega todo y acusa a Occidente de querer "pintarla como villana".
Lo cierto es que, entre acusaciones cruzadas y relatos interesados, el Estrecho de Gibraltar —corredor vital para el comercio, la energía y la proyección militar de medio mundo— vuelve a quedar en el centro del tablero geopolítico. Ceuta, ese pequeño enclave español en el norte de África, se hace una vez más en el termómetro de una tensión que ya no es solo bilateral con Marruecos, sino parte de una disputa mucho mayor por el control de las rutas estratégicas globales.
@_Melchisedech
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